|
in memoriam provincia del Río de la Plata |
|
Juan Casaubon nació hace 91 años en Arette, un pueblito del lado francés de los Pirineos en el que corre una pista de esquí que el buen hermano calificaba como la más importante de Francia y sus alrededores, acompañando la afirmación con una pícara sonrisa que iluminaba su mansa e ingenua mirada. No conoció a su padreque murió en el frente de batalla poco antes de terminar la 1ª guerra mundial. Al morir la madre cuando él era todavía un niño, vivió con una tía que muy pronto le hizo conocer Betharram. A los 20 años hizo sus primeros votos en la Congregación de los Padres del Sagrado Corazón de Jesús, y dos meses más tarde cruzaba el océano para formar parte de la comunidad de Barracas, en Buenos Aires, experiencia que no le sentó bien, y que felizmente para él no fue muy larga, ya que al año se encontraba en el Colegio Sagrado Corazón de Rosario. Era en febrero de l938, y permanecerá ahí hasta que la muerte lo separe, setenta años más tarde. Se sonreía cada vez que se le decía que era una columna del Colegio Sagrado Corazón. Pero era una sonrisa cómplice, porque en ningún momento hubiera puesto en tela de juicio esa afirmación. Como tampoco hubiera dudado de la validez del rótulo de "León de Francia" con el que lo señalaban sus ex alumnos cuando, sobre la larga sotana que vestía su generosa humanidad, desplegaba una gran capa negra que lo hacía majestuoso. Y se sentía a sus anchas ("pas nul" decía en francés con su especial sonrisa) en los cargos de celador, docente, fotógrafo, secretario, administrador, representante legal; cargos que desempeñó sucesivamente en el Colegio. "Pas nul" tampoco cuando, desde el atril de la capilla, revestido con su alba, dirigía la celebración de la Eucaristía, haciendo introducciones que podían competir en duración con la homilía, y haciendo sonar las r con su voz potente y un pronunciado acento francés. Así era el Hno. Juan En su físico de montañés, se dibujaba una sonrisa mansa y pícara a la vez, se leía una mirada serena y escrutadora, palpitaba un corazón de niño. No ignoraba que gustaba su sonrisa, acompañada con un comentario a veces serio, otras jocoso, otras pícaro; que también gustaba su mirada que parecía no ver nada en especial y sin embargo se expresaba a través de reflexiones sorprendentes como las que dirigía a señoras amigas suyas invitándolas a peinarse porque no era decente el estilo "negligé" que lucían; o cuando, de alguien que, a su parecer, hablaba mucho, decía que sabía todo y un poco más; o cuando, desmintiendo a los compañeros que insinuaban que era viejo, afirmaba rotundamente: "No, viejo, no. Con juventud acumulada". Pero ese "León de Francia" tenía un corazón de niño, y es eso que lo hizo tan especial y tan querido. Tenía necesidad de amar y ser amado, de dar y recibir, de consolar y ser consolado, de escuchar y ser escuchado. No importaba con quien trataba. Podían ser alumnos a quienes dio alguna vez unos coscorrones bien merecidos, pero que otras veces fueron salvados, por su intercesión disimulada, de quedar aplazados en alguna mesa de exámenes. Podía ser gente muy encumbrada con la cual se movía con naturalidad y, según sus propias palabras, con gusto: intendentes, gobernadores, cónsules, inspectores, ministros tanto en Rosario como en Santa Fe o Buenos Aires; ni hablar de la gente de iglesia: monseñores, obispos e inclusive Pablo VI y Juan Pablo II con los cuales se mostraba retratado en cuadros bien a la vista en su habitación. Esa sencillez, esa humanidad, ese corazón de niño se manifestaban en su vida espiritual. Además de la devoción al Sagrado Corazón y a San Miguel que fue viviendo desde su noviciado, es la "pequeña vía" de Santa Teresita del Niño Jesús con la que se identificaba y para la que tenía una devoción muy especial. Por el mismo motivo se sentía cerca de la Beata María de Jesús Crucificado, conocida como "la petite", la pequeña árabe del país de Jesús, pequeña por sentirse ella así frente al Dios Todopoderoso y henchido de Amor. ¿Será casualidad que haya hecho su ingreso en la eternidad el día mismo en el que la liturgia celebrara en este mundo la fiesta de esta santa? Pero, a la cabeza de ese tríptico de santas a la vez tan humildes y tan grandes, estaba la Madre del Cielo que le recordaba a la madre de la tierra cuyos mimos fueron demasiado pronto interrumpidos. Era la Servidora del Señor, la misma en la que el mismo Señor hizo grandes cosas, el ejemplo del consagrado entregado, también él, a Dios y a los hermanos. Todos los días le rezaba quince misterios del rosario y, en muchas oportunidades, encabezó las peregrinaciones a su santuario de San Nicolás, presidiendo el rezo del rosario en el ómnibus que llevaba a los fieles al encuentro con María. Aseguraba que, en una de esas visitas, había visto el sol que daba vueltas en el cielo, ¿Quién sabe? Pero lo cierto es que su Virgen, sí, daba vueltas en su cabeza y en su corazón. Así era el Hno. Juan, el amigo, el servidor, el que creía que Dios podía, también en él, hacer grandes cosas. No era un santo. Era un hombre bueno que creía que, para Dios, todo es posible. Gerardo Badie,SCJ |
|
AL HERMANO JUAN
Hector Gustavo Dimonaco |
|
|