22 de julio de 1945 – 2 de diciembre de 2007

Escribo para desahogar mi pena, y transmitir mis condolencias a todos quienes tuvieron la suerte de conocer a Terio y compartir Vida y Comunidades con semejante delicia del género humano.

Conocí a Terio en 1976, oportunidad en que arribó a Rosario por primera vez, engrosando la Comunidad de mi Colegio el Sagrado Corazón. Yo tenía 16 años y cursaba el 4to. Año del Secundario. Pronto me hubo ganado el Alma con su afecto, su paciencia y -por sobre todo- su serenidad (que creo nunca le ví perder). Bajo su humildad, jamás lucieron sus genialidades, y tenía muchas. Particularmente, recuerdo, el gran dominio -además del balón- que tenía sobre el tiempo; el cual, él sabía, estaba a su servicio (del hombre) y no al revés. Eso me conmovió, en una edad en que uno quiere llevarse el mundo por delante, como si cada día fuera el último. Era un amigo franco y llano; extremadamente sensible a los problemas del prójimo. Siempre cedía el lugar a sus hermanos, aunque quedara último. Nunca tuvo prisas.  Sin embargo, su modo reservado, jamás logró ocultar su compromiso social.

Él y el Pde. Angel Recalcatti (su compañero en el arribo a Rosario), fueron los primeros curas que he visto sin sotana. Claro que no le presto importancia a eso; pero eran la cara visible de una Iglesia que estaba sumando al compromiso clerical, el compromiso social (sobre la cuestión social). Eran Europeos y no fueron muy comprendidos en ese momento, en una sociedad como la nuestra. Tal vez por eso, no hablaban mucho y, si lo hacían se daban tiempo. Sin embargo les tildamos de tercermundistas, que en aquella época y país, no era poca cosa. Por lo menos fuimos sinceros - con el acápite - en reconocer que dejaron de servir en sus países de origen (en el centro del mundo), para venír aquí; que no importa si es del segundo, del tercero o del cuarto; mientras no nos importe entender su desarraigo y su entrega.

Terio, fue regio profesor, regio amigo, regio prefecto de disciplina, regio futbolero, pero -por sobre todo- regio cura. Se notaba la devoción a su trabajo. Si algo le habrá dolido la inminencia de su partida, debe haber sido -precisamente- la inminencia de dejar de ser cura, aquí en la Tierra..

Terio creció y su cuerpo le vino chico a su Alma. Rompió el capullo. Se que Terio, desde aquellas alturas, donde están los escogidos, descansará en Paz; pero no puedo evitar verle, como siempre, atento igual a nuestras necesidades..- Si tengo la suerte de ser a mi turno acogido en aquellas alturas, se que Terió estará entre aquellos que me den la bienvenida y a los que por ahora tanto añoro. Sin no tengo esa suerte, me lamentaré eternamente, no haber estado más atento a sus enseñanzas.

Que Terio, ojalá ya en Comunión con todos los Santos, en la increible presencia de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, nos guarde y nos aguarde, por el camino que aún nos falta recorrer. Gracias Terio.

Hernán Mendoza

¡Aquí estoy, con la lámpara encendida!

Poco antes de las 8 del  domingo 2 de diciembre, apenas comenzado el Adviento que nos prepara para la llegada del Señor, el Padre Eleuterio fue llamado por el Padre bueno al gozo de su Reino.

Cuna

Sus padres, Don Lorenzo. y Doña Baltasara,   vivían de las faenas de la tierra en Laguna Dalga, pueblo del páramo leonés, España. Tuvieron cinco hijos: Florencio, Claudiano, Rosalía, Venancia y Eleuterio. Marcado por el rudo clima de su tierra natal, el Padre Eleuterio fue un hombre humilde, discreto, perseverante, austero, silencioso.

Algunos rasgos

Religioso humilde y fiel, asiduo a los actos de comunidad, buen compañero: sencillo, compartía la vida diaria con alegría y generosidad. En las fiestas, sabía deleitarse con algún agregadito: un buen trago, algún puro (o su pipa de la paz), que saboreaba  lentamente…  Sabía sorprender, muy risueño,  a un hermano con el estallido sorpresivo de un cohete sacado a los alumnos.

Hombre discreto: callaba hasta enmudecer. Guardó en su corazón bueno errores graves de hermanos religiosos… Callaba sus cosas: trabajaba sin mostrarse y sin buscar mostrarse.  Conocía sus limitaciones, las compensaba  con su tesón firme y silencioso. Callaba sus penas: mucho le costaron algunos cargos que le confió la obediencia: Superior de la Comunidad de Rosario, Párroco en Santiago del Estero. Apechugó con la misma fuerza con que sus antepasados roturaban la dura tierra del páramo para confiarle la semilla.

Callaba en su enfermedad: nadie lo escuchó quejarse. Se prestaba hasta el final, gustoso, a cuanto podía: rezaba, leía, escuchaba música, recibía a amigos, a feligreses. A todos sonreía. Callaba, pero ese su  silencio y discreción no lo eximían – ante distracciones o descuidos de otros, – de picardías, que festejaba sonriente repitiendo: “¡Para que aprenda! ...  ¡Para que aprenda!”

Su mundo sin duda fueron los chicos. Se conquistó el cariño de varias promociones de alumnos del San José de Buenos Aires y de Rosario. Fue conmovedor cuando el salón del San José atronaba con las voces de los chicos que cantaban: “¡Cabero no se va! ¡Cabero no se va!”.

Muy buen deportista: con chicos y grandes. Amaba los campamentos, las noches estrelladas, las playas, los ríos, los lagos,  las montañas. Incansable en las caminatas.  Le apasionaba el fútbol. Lo practicó semanalmente, en todas partes, canchas, potreros, patios, hasta en el caluroso Ateneo de Santiago del Estero.

Creó lazos de grandes amistades: en todas partes: San José, Rosario, Santiago del Estero, Martín Coronado. Cultivó amistades que el tiempo maduró. Muy fiel, gustaba visitar a sus amigos,  llamarlos, escribirles, agasajarlos en casa, siempre  con su característica sencillez y alegría.

Buen pastor: acompañó a alumnos en sus dificultades espirituales y escolares, a los padres en sus problemas familiares.  Acudían a su consejo numerosas personas de toda edad y condición, como a Hombre de Dios. Prestó especial atención a los enfermos. Se ocupó de grupos de adultos mayores, catequistas.

Y por donde pasó, siempre, tuvo en su corazón  – con su acostumbrada discreción – un lugar privilegiado para las personas y familias carenciadas, que recibieron asiduamente,  visitas, consuelo, consejo, alguna caja con alimentos, dineritos...

¡Adiós!  

En la capilla ardiente, la comunidad de fieles desfiló agradecida, constante, piadosa, desgranando una y otra vez las cuentas del rosario. El Padre Obispo, con una corona de 28 sacerdotes, entre diocesanos y   betharramitas, presidió la Sagrada Eucaristía de cuerpo presente. Fue en la mesa de ese altar en que el pastor (tantos años el Padre Cabero) reza, sacrifica y se inmola con Cristo por su pueblo.

El Padre Miguel Martínez  -  del mismo terruño, y además,  amigo fiel y ángel guardián de Terio hasta los últimos minutos de su poco más de un año de cruz -  con algunos  religiosos y laicos rezaron, junto a la tumba el “muchas gracias”, el “adiós” ,  el canto de la esperanza que no falla. Así terminaba el adiós: Cuando la noche llegue y sea el día de pasar de este mundo a nuestro Padre, concédenos la paz y la alegría de un encuentro feliz que nunca acabe. Amén

Miguel Martínez,SCJ y Paco Daleoso,SCJ