16 de agosto 1925 - 31 de julio 2007

He encontrado por primera vez al P. Celestino el 1º de septiembre de 1940 en la estación de Talamona. Era un hermoso joven de 15 años, rubio, de talla mediana. Los lentes le daban un aire serio. Me llamó la atención ver asomar del bolsillo de su pantalón un billete de 50 liras, importe de la pensión mensual del seminario.

Un año después lo he encontrado en Colico, mientras iba al noviciado. Hemos vivido juntos los años de guerra, seis años juntos en la escuela, pero separados en la casa en donde los mayores no tenían contacto con los pequeños. En 1948, con apenas 23 años, el P. Celestino fue ordenado, benjamín de otros 4 nuevos sacerdotes. Los superiores, que habían juzgado su inteligencia clara y profunda, lo enviaron a Roma para la licencia en teología. Una vez obtenida, fue destinado a nuestro seminario de Albiate en donde enseñaba italiano a los estudiantes y moral a los escolásticos. En 1954, con apenas 28 años, fue nombrado maestro de los escolásticos; luego, en 1959, superior del escolasticado, el más importante de la Provincia italiana naciente.

Su piedad profunda, ejemplar, le había valido la estima y el respeto de los estudiantes, a pesar de sus exigencias sobre la fidelidad de cada uno a la regla. En 1969, con 45 años, participó en el capítulo de la renovación post-conciliar en Betharram, del que salió Superior provincial. Fueron 8 años llenos de problemas y de abandonos de religiosos, que probaron su fe inquebrantable en el sacerdocio. Bajo su mandato, la Provincia de Italia alcanzó su máximo histórico en número, al mismo tiempo que atravesaba graves dificultades financieras. Lejos de asustarse, el P. Celestino se fiaba de la Providencia, incluso agradecía al Señor de mantener a los Betharramitas en la pobreza, un don útil para poner sus pasos en los de san Miguel. Al mismo tiempo, tuvo que asumir las responsabilidades de maestro de los novicios y de párroco interino de Lissone, a causa de la muerte brutal del fundador de la parroquia del Sagrado Corazón, el P. Giuseppe Airoldi.

Al final de su mandato de Provincial, el P. Gusmeroli retomó al servicio de capellán en Bormio, Morbegno y, finalmente, Solbiate, con los ancianos y enfermos. Cuando al final tomó un poco de reposo en Albiate, contrajo la enfermedad de Parkinson que le obligó a permanecer hospitalizado, durante tres años, en Seveso.

El P. Celestino fue un hombre de oración. En sus numerosos viajes en auto a Roma, antes de hablar de temas de preocupaciones, había que empezar por rezar el rosario. Era asiduo al vía crucis y a las visitas al Santísimo. Observaba escrupulosamente todos los ejercicios de Regla. A pesar de su mala vista, disminuida por los años, era fiel al rezo del oficio divino. Hombre de fe, estaba convencido de haber sido llamado al sacerdocio por Dios y estaba resuelto a vivir todos los días por amor de Dios. Predicador apreciado, era solicitado por los sacerdotes para toda clase de ministerio. La experiencia de dirección espiritual de numerosos seminaristas, le daba la seguridad en el acompañamiento de las almas, sobre todo de las religiosas. Como conferencista, se destacaba por una gran facilidad de palabra, alimentada por una vasta cultura y lecturas seguidas.

Desde su juventud, el P. Celestino era un entusiasta de la naturaleza; le gustaba escalar las montañas sin equipaje particular y siempre conquistado por el esplendor de la creación que cantaba a voz en cuello. Sabía de memoria cantidad de canciones populares cuya primera voz gustaba cantar. Se unía con gusto a los coros, difundiendo en ellos su alegría de vivir y la capacidad de alegrarse por las cosas sencillas y bellas que la vida pone a disposición de todos.

Los últimos tiempos, la agravación de su estado de salud lo había tornado silencioso; había perdido el arte de la conversación que se le conocía. Los rasgos cansados, los ojos fijos, cortaba rápido las visitas para ir a la capilla y permanecer en presencia de Quien era el centro de su vida. Seguro, la visión directa de Dios es ahora su eterna alegría.

Celeste Perlini,SCJ