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Padre Raymond Laulom 30 de mayo de 1921 - 24 de febrero de 2007 |
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Dulce y buena madre de los sanos y los enfermos, y de los que llevan la hermosa corona y de los que van con los pies descalzos... Nuestra Señora de Sarrance El Padre Laulom quería ofrecer el ascensor a los Padres de la casa de retiro. Y funcionaba, ¿pero lo habrá utilizado? Leo algo de su vida personal. Fue un hombre de subidas y bajadas, y vuelta a subir. A través de sus lecturas mismas, le gustaba hurgar en la Historia, de siglo en siglo, de rey en rey, y hasta los orígenes romanos de nuestra historia: ¡qué mirada! Para los habitantes de Lestelle, los de las afueras, hacia la Cruz de las Alturas, era aquel hombre que, a horas curiosas, en que nadie está afuera, escalaba en pleno mediodía las colinas, vestido no menos curiosamente, con el torso desnudo si el tiempo lo permitía. El intendente se inquietaba por este hombre tan constante y, sin embargo, desconocido… ¿de dónde salía? Para nosotros: un hermano, a la vez fuerte y frágil, como nosotros; tiene bajos y altos, también él. Niño, dicen que cantaba admirablemente. Surgían brillantes resplandores de inteligencia… un investigador siempre crítico, ávido y también decepcionado, saltando totalmente decidido a enfrentar, pero a la vez abatido, y luego levantándose, asombrándonos a todos… Hasta agotarse, esta vez fatalmente. Nada era verdaderamente claro, lo rodeaba una cierta noche. Para su familia: era el sobrino del célebre canónigo Lahitton, cuyos estudios sobre las vocaciones habían hecho época. ¿El tío estaba por algo en esa opción de vida? Para Dios: “Un hijo de Dios”, como nosotros, marcado por la gracia como nosotros, marcado por el pecado como nosotros. La ascensión hacia el Padre estaba a menudo en la niebla… y regresaba difícilmente hacia sus hermanos. En la tierra, lo sabíamos, le gustaba pasar su descanso en Sarrance, objeto de sus investigaciones, en el corazón del valle de Aspe. En el cielo, su descanso… en el misericordioso amor del Padre. “Vengan, todo está dispuesto para el banquete”. Entonces, el ascensor será siempre para nosotros un pequeño lugar de oración por nuestro hermano. Que nos ayuden, los dos, a subir hacia Aquel que conocemos… tan mal. Gabriel Verley,SCJ testimonio hecho dado en la vigilia de oración. Comunidad de la Casa Nueva, 26 de febrero de 2007 |
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